Soy de las que me fijo qué hay en las paredes de las series, películas y hasta anuncios de publicidad.
Este fin de semana me empecé a ver Severance, una serie que, si no se han visto, se las dejo recomendada.
En esta serie los empleados de una empresa tienen su conciencia dividida en dos: una parte solo existe dentro del trabajo, y la otra solo afuera. Mejor dicho, no se acuerdan de nada de su vida personal mientras están en la oficina. Y viceversa.
Las oficinas son estériles, simétricas, minimalistas y sin ningún objeto personal. Todo está diseñado para borrar la individualidad de los empleados.
Sin embargo, hay arte por todos lados. Y es completamente intencional.
Por un lado, la mayoría de piezas glorifican a su fundador Kier Eagan, transformándolo en un personaje casi mitológico. Pero también vemos obras que generan sensaciones específicas en los empleados, tal y como lo busca el fundador.
Por ejemplo, en esta obra vemos a Kier Eagan como una figura gigante que, con un látigo en la mano, controla a cuatro personificaciones de nuestras emociones: Lamento, Malicia, Jolgorio y Pavor. No se trata de liderazgo, sino de algo mucho más profundo: la imagen lo eleva al papel de amo absoluto de la naturaleza humana. La obra está inspirada en el arte religioso del Renacimiento y el Barroco, donde los claroscuros y las posturas dramáticas daban a los personajes un aire divino.
Pero aquí, se convierte en control total. Cada emoción aparece retorcida y vencida: Lamento pide compasión, Malicia sigue desafiante aunque derrotada, Jolgorio es apagado porque hasta el placer debe ser controlado, y Pavor toma forma de un carnero que, símbolo de terquedad, termina reducido a la obediencia. El mensaje es brutal: cualquier impulso humano es visto como una debilidad que debe ser domada.
Detrás del escritorio de Harmony Cobel, la jefa suprema, domina un tríptico monumental.
Tres paneles, una tormenta que avanza hasta estallar en caos.
Este cuadro funciona como una profecía visual: todo va a colapsar.
Su estructura remite a los grandes trípticos religiosos que narraban creación, caída y juicio.
Aquí, los paneles cuentan una historia similar:
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Un inicio sereno, con cielos pesados y un orden artificial.
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Un punto intermedio donde la tormenta comienza a agitarse: las grietas aparecen, la autoridad se tambalea.
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Y el clímax: un estallido de furia y destrucción, donde el control se pierde para siempre.
Este tríptico no solo es decoración: refleja también el arco narrativo de Cobel.
Primero segura y dominante, luego contenida pero vulnerable, hasta llegar a su colapso final.
En la segunda temporada aparece un cuadro gigante: “Kier Pardons His Betrayers”. A simple vista, Kier se muestra bondadoso, perdonando a los refinadores. Pero la inspiración detrás de la obra lo cambia todo: está pintada como un afiche de propaganda soviética.
Eso significa que el cuadro no busca ser bello ni conmovedor, sino imponer una idea. Con sus colores rojos intensos, con Kier en pose casi divina, el mensaje es claro: “Hoy te perdonamos… mañana, quién sabe”. Es un recordatorio disfrazado de compasión.
Ahora, hablemos de ese iceberg que aparece en la oficina de Milchick.
Un iceberg siempre engaña: uno solo ve la punta, pero lo pesado, lo que da miedo, está escondido debajo. Y Lumon funciona igual.
Además, es muy interesante la proporción que escogieron. No llena la pared, no se roba la atención de inmediato. Pero justo eso lo hace poderoso. Ese espacio vacío alrededor lo convierte casi en un silencio incómodo.
Severance nos muestra que muchas veces nuestro entorno nos está impactando más de lo que nos damos cuenta.
En Lumon, las obras moldean emociones y refuerzan la ideología de la empresa.
En la vida real, aunque no veamos retratos gigantes de los CEO en las paredes, el arte corporativo también crea atmósferas y transmite mensajes.
La diferencia es que puede hacerlo para lo opuesto: en vez de miedo o sumisión, puede inspirar, relajar, dar identidad y sentido de pertenencia.
El arte en las oficinas es mucho más que decoración:
es parte de la cultura, un vehículo silencioso de valores.
Entonces les pregunto:
¿Qué historia están contando las paredes de tu oficina?